martes, 18 de junio de 2013

Nueva presencia humana

[Presencia Humana bien presente en la Central del Raval]


         Los ocho textos que construyen “Presencia humana” los compusimos ocho autores distintos [Luis Gámez, Tamara Romero, Riot Über Alles, el editor Cisco Bellabestia, Matías Candeira, Laura Fernández, Robert Juan-Cantavella y este Colectivo juan de madre]. Apenas nos conocíamos, o nada. No hubo ningún tipo de contacto. Los convocantes  [la editorial Aristas Martínez] no nos dictaron ninguna clase de proclama o guía. Sin embargo, esos ocho hacedores, desde ocho puntos geográficos más o menos distantes, moldeamos inconscientemente las diferentes entrañas de un único organismo. Una suerte de monstruo perfecto, cuyo sistema linfático recorre todas las páginas de la antología. Una sucesión de nódulos que sobresalen en una red compartida; imágenes repetidas, pero mutadas, que escupen linfa al rostro del lector. De alguna manera, los personajes de cada uno de los relatos son el mismo personaje, viviendo la variación de una misma pieza ruidista: una amante encerrada en un guardamuebles, un leñador apresado en su propia construcción, una familia disecada dentro de su casa, una mujer habitando un vertedero y venerando un tumor dentro de un tarro de vidrio, un minusválido encerrado en un piso y venerando a unos gatos dentro de un televisor roto, un detective atado a un cuerpo de limonero parlante, una encina parlanchina venerada por un pueblo entero, y todo un pueblo danzando en memoria de unos muertos sin rostro.

Explica Riot Über Alles que se encerró durante cinco días, en el estudio que comparte con otros dos creadores sobre el techo de la galería Eat Meat, para dar piel y rostro a esos ocho textos orgánicos que arman “Presencia Humana”. Cinco días de lectura; de búsqueda en libros usados; de arrancar imágenes; de carne contra sí mismo; de esperar a que cayera el rayo que hiciera mover a la criatura de una vez por todas. Cinco días, digámoslo ya, de puro arrebato. “Presencia humana”, finalmente, es la manifestación viva, textual, carnal y gráfica de esas 120 horas de sufrimiento bello.

El 23 de abril, Javier Calvo guió la abertura de un sigilo, incluido en el libro, que sirvió de rito bautismal para esa nueva presencia humana nuestra/vuestra.

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