Hará unos 7
años que vivimos en este piso del Poble Sec. El bloque fue construido en 1907.
La ventana de la cocina da a un pequeño patio de luces; al otro lado del patio,
a una distancia de poco más de 2 metros, se encuentra la ventana de la cocina
de nuestros vecinos.
Tardé varios meses en descubrir el siguiente fenómeno:
Lo primero que percibí es que la pareja mantenía siempre la
ventana de su cocina abierta y que, además, conversaban continuamente. Más allá
de las 10 de la noche no, a partir de esa hora aquella ventana está cerrada;
pero el resto de los momentos del día, cuando voy a la cocina, escucho las
voces de ese hombre y esa mujer.
Con el tiempo empecé a atender las palabras concretas; pero
la revelación tampoco fue automática. Pasaron semanas de espionaje antes de
comprender que el diálogo de mis vecinos mantenía un férreo hilo de continuidad
a lo largo de los días. El hecho es aún más increíble: parecen retomar la
conversación justo allí donde dejé de atenderla la última vez. Los temas que
hablan son ligeros, poco relevantes, asuntos cotidianos acerca del negocio de
un hermano del hombre, y cosas similares. He comprobado centenares de veces el
extraordinario hecho: si yo, por ejemplo, abandono la cocina oyendo como la
esposa formula una pregunta, pues no es hasta que regreso a aquella ventana [así
haya pasado una hora o 3 días] que el hombre se decide a responderla. Pareciera
que mis vecinos se empeñan en que yo no pierda una sola de las palabras que
ambos intercambian.
El método y el motivo de esa pareja me están vedados. Cuando
alguna vez coincidimos en el rellano, o en el ascensor, ambos [siempre van
juntos, jamás los vi por separado, y todas las veces cargan bolsas de
supermercado repletas de ropa vieja] me miran con una breve sonrisa, y se
mantienen callados. Algo más que callados diría yo; en esos instantes, su mudez
es al silencio lo que un alarido a la voz humana. Nunca me atreví a
interrogarlos acerca del diálogo que sostienen desde hace más de 5 años.
Me limito a sentarme en el suelo de mi cocina, con la
ventana abierta, durante horas, oyéndolos dialogar; con la escasa esperanza de
que se agoten, de que sus voces empiecen a ralentizarse hasta quedar detenidas
de una vez por todas. Después, a las 10 de la noche, cierro la ventana, ceno; y
marcho a dormir, aunque apenas duermo.
La explicación podría estar escondida en una combinación de esas tres botellas de alcohol que se pueden observar en la fotografía.
ResponderEliminarPatio de luces... y sombras.
ResponderEliminarEsta vivencia/invención/mentira maravillosa merecería figurar entre las creaciones de Borges.
ResponderEliminar